
Decidimos reunirnos en la parada del bus después de la escuela. Esperé todo el día con emoción para que se terminaran las clases y poder celebrar comiendo pizza y tomándonos muchas fotos.
Estábamos ya en la parada del bus, cuatro de mis amigas y yo, cuando pasó un carro lleno de hombres que se nos quedaron viendo muy feo. El que conducía nos bocinó y el que iba a su lado nos gritó: «nenas ricas». Los que iban en los sillones de atrás nos silbaron y se carcajearon.
El carro se fue, pero nosotras sentimos algo que no nos gustó: miedo y vergüenza. Yo, incluso, sentí un nudo en el estómago y me temblaron las rodillas.
Nunca nos habían gritado esas cosas ni visto de esa manera, como si no tuviéramos ropa ¡qué horror!
Esperamos un rato y luego tomamos el bus. Mi celebración continuó.


En la tarde que llegué a visitar a Ixmucané, le conté lo que me había pasado. Ella me dijo que lamentaba mucho lo que había sentido y que eso se llama:
ACOSO CALLEJERO


El acoso callejero nos afecta negativamente, pues hace que tengamos miedo de ir por las calles o que nos de vergüenza nuestro cuerpo o forma de vestir.

¿Te recuerdas cuando nos contaron sobre las relaciones desiguales de poder? Te lo voy a recordar… Se refiere a la creencia de que los hombres tienen más derechos que las mujeres, que tienen poder sobre las mujeres. Por ejemplo, los hombres sí pueden estar en las calles y es poco probable que alguien vea su cuerpo y les grite groserías u obscenidades. En cambio, se cree que las mujeres deben estar en la casa y si salen a las calles se arriesgan a que las violenten con acoso callejero.

